Biblioteca Histórica José María Lafragua

Elementos históricos en los libros antiguos

A partir del momento en que los libros salían de la imprenta e ingresaban en las redes de circulación adoptaban añadidos que los poseedores temporales y los diversos propietarios agregaban. Estos, abarcaban desde las encuadernaciones de diverso tipo y costo que incluían las guardas, algunas veces con papel reutilizado de cierto interés histórico; los sellos de diferente género, de tinta o de placa sólo por mencionar algunos; los ex–libris que eran cédulas o etiquetas que consignaban datos de propiedad personal o institucional y que se pegaban en las guardas fijas de los libros; los supra-libris o superlibris que eran generalmente motivos gofrados (grabados en la piel) que se marcaban en las cubiertas de los libros, señalando también propiedad; los ex-dono, cédulas o etiquetas que se pegaban en cada uno de los libros de un conjunto y que contenían un texto en el que se expresaba la donación realizada.

  Encontramos, como es lógico en este tipo de materiales,  anotaciones manuscritas de propiedad u otras (glosas o complementos) que se hallaban en cualquier lugar del libro; las probatio calami o trazos extravagantes, libres, que se hacían en las guardas volantes, comúnmente, con el propósito de probar las plumas o sin razón aparente; destacan las marcas de fuego que eran señales carbonizadas, producidas por un instrumento metálico que se colocaban generalmente en los cantos de los libros para denotar propiedad o selección; los testigos, nombre genérico con el que se denomina a un sinnúmero de objetos que fueron dejados por los lectores o poseedores en las páginas de los libros con diferentes propósitos a saber: para marcar la lectura, para ocultarlo entre las páginas, para preservar los libros en buenas condiciones como las hojas de tabaco, para tener a la mano lo guardado en el libro, como recuerdos, etcétera. El bibliotecario acostumbraba agregar alguna información, de diverso género en las guardas y en la portada de los libros, generalmente se trataba de unas palabras clasificatorias, de algún número de inventario o de alguna signatura topográfica que permitiera devolver el libro a su lugar exacto en el estante. También se solía agregar en el lomo del libro el tejuelo, que era propiamente un rótulo con el título abreviado.

  El expurgo. Algunos libros antiguos fueron revisados concienzudamente por censores de las propias órdenes religiosas a quienes se les encomendaba esta tarea, auxiliándose de los índices expurgatorios publicados. Debido a esa censura, algunas de sus partes, textuales o gráficas, fueron tachadas por contener supuestos pasajes inconvenientes para la iglesia católica; además, se agregaba un texto manuscrito, generalmente en la portada, que indicaba la fecha, el nombre del censor y el índice expurgatorio consultado, así como la leyenda que iniciaba con: “expurgado por orden del Santo Oficio”.

  Como podemos darnos cuenta el libro antiguo es un objeto de relativa complejidad, su tratamiento especializado obedece fundamentalmente a la consideración de su valor patrimonial y al de su frágil naturaleza material. Ha llegado hasta nuestros días en condiciones muy precarias en la mayoría de los casos. Aparte de los procesos naturales de envejecimiento de los materiales que lo constituyen ha estado expuesto al deterioro ambiental sin medida, como la humedad o sequedad extremas; ha sido atacado por insectos, infectado por hongos y bacterias, roído por ratones, etcétera. Pero el abandono, la ignorancia y la codicia de los hombres son las amenazas más importantes que se ciernen sobre los fondos antiguos y que pueden producir su irreparable pérdida.

  Se advierte, por último, que la información contenida en este texto posee un sinnúmero de matices que sería imposible detallar aquí; pese a esta circunstancia limitante, este primer acercamiento a estos objetos tan complejos y tan lejanos de las manos y la vista de cualquier persona ordinaria tiene la intención —y se espera que la virtud también— de contribuir en alguna medida a satisfacer el anhelo de conocerlos y de deleitarse en su contemplación y examen atento; por lo tanto se acudirá a esta forma de difusión y a muchas otras que ayuden a la trasmisión de estos bienes del patrimonio documental el cual es eminentemente social.

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